https://doi.org/10.17398/1886-9440.13.1
Carmen Sánchez-Mañas
(Universitat Pompeu Fabra)
Retórica del parentesco en la biografía temprana de Ciro (Hdt.
1.107-130)
Rhetoric of Kinship in the Early Biography of Cyrus
(Hdt. 1.107-130)
Abstract: This paper focuses on the rhetoric
of kinship in the early biography of the founder of the Persian Empire included
in Herodotus’ Histories, that is,
within the Herodotean account of Cyrus II of Persia’s birth, childhood and
accession to the throne. Its aim is to demonstrate the influence exerted by
family ties among characters over the construction of Cyrus’ identity. To this
end, the paper examines the speech acts through which characters articulate
their family relationships, as well as the clarifications and interpretations
made in this respect by the narrator. Results show that there is not a unique
identity of Cyrus, but three of them (prince, slave and conqueror) that combine
to create a prime example of a hero archetype applicable to men who are born to
rule but face great difficulties caused by relatives or people around
them.
Key
Words: Herodotus, Cyrus, biography,
identity, kinship, rhetoric.
Resumen: Este artículo se centra en
la retórica del parentesco en la biografía temprana del fundador del Imperio persa
incluida en las Historias de
Heródoto, o sea, dentro del relato herodoteo sobre el nacimiento, la infancia y
la llegada al poder de Ciro II de Persia. Su objetivo es mostrar la influencia
que las relaciones de parentesco entre los personajes del relato tienen sobre
la construcción de la identidad de Ciro. Para ello, el artículo examina los
actos discursivos mediante los cuales los personajes se refieren a los vínculos
familiares que hay entre ellos, así como las matizaciones e interpretaciones
realizadas al respecto por el narrador. Los resultados del análisis indican que
no existe una sola identidad de Ciro, sino tres (príncipe, esclavo y
conquistador), que se combinan configurando un ejemplo paradigmático del
arquetipo del héroe que nace para gobernar, pero arrostra grandes dificultades
causadas por parientes o personas de su entorno.
Palabras Clave: Heródoto,
Ciro, biografía, identidad, parentesco, retórica.
Fecha de Recepción: 26 de marzo de 2018.
Fecha de Aceptación: 3 de julio
de 2018.
1. Introducción
Heródoto
narra el nacimiento, la crianza y el acceso al poder de Ciro II de Persia a lo
largo de veintitrés capítulos (Hdt. 1.107-130) dentro del Logos de Ciro (Hdt. 1.95-216). De aquí en adelante, nos referiremos
a esta narración como “biografía temprana” de Ciro para no tener que enumerar
siempre las tres fases que la componen. La biografía temprana de Ciro
constituye una historia redonda, rica en diálogos entre dos interlocutores y
con acusada presencia femenina, que se lee casi como un cuento y cuyo
protagonista es un personaje carismático que soporta repentinos cambios de
fortuna.[1]
Hemos observado que estos
cambios de fortuna resultan en gran medida provocados por, o afectan a, cuatro
grupos de allegados. El más relevante y amplio es aquel en cuyo centro se sitúa
el protagonista. Consta de siete miembros: el propio Ciro; sus padres
biológicos, Cambises de Persia y Mandane de Media; sus padres putativos, el
esclavo boyero Mitradates y la esclava Cino; su abuelo materno, el soberano
Astiages de Media; y un pariente lejano, el noble medo Harpago. El segundo y el
tercero están conectados con el primero en la medida en que vienen dados por
los círculos íntimos de tres sujetos del grupo anterior. Así, el segundo grupo
está compuesto por Mitradates, Cino y su hijo biológico, mientras que el tercer
grupo está formado por Harpago, su esposa y su hijo. Por último, el cuarto
grupo es independiente, puesto que sus dos integrantes, otro aristócrata medo
llamado Artembares y su hijo, carecen de vínculos expresos con Ciro.
Al comienzo del Logos, el narrador establece como primer
objeto de su relato investigar quién es Ciro guiándose por la tradición persa
más verídica de las cuatro que asegura conocer (Hdt. 1.95.1). El objetivo de
este artículo es dilucidar cómo las relaciones entre personajes pertenecientes
tanto al mismo como a diferentes grupos de allegados influyen en la
construcción de la identidad herodotea de Ciro.[2]
Para ello, exploramos la retórica del parentesco en su biografía temprana,
entendiendo por tal retórica dos tipos de manifestaciones. Por un lado,
atendemos a los actos propiamente discursivos de los personajes, incluyendo
consultas y exégesis sobre sueños premonitorios, conversaciones, juicios de
valor, rumores, cartas, documentos escritos y oráculos délficos,[3] que contengan alusiones a los
lazos consanguíneos, políticos o de acogida que unen unos personajes con otros.
Por otro, dado que Heródoto es, en su calidad de narrador, el responsable
último de los actos discursivos de los personajes,[4]
creemos imprescindible examinar también las ocasiones en que el narrador matiza
o ilumina las palabras, los pensamientos, las motivaciones y las (re)acciones
de estos en cuestiones de familia, así
como aquellas donde proporciona informaciones o interpretaciones sobre asuntos
que involucran a parientes, las cuales no tienen por qué coincidir
necesariamente con las posturas mantenidas al respecto por los personajes.
Tomando como hilo conductor los cambios de
fortuna vividos por Ciro —que nace de la hija del rey de Media, pero durante
años es considerado un esclavo medo tras ser acogido por dos siervos de su
abuelo materno y, finalmente, es reconocido y reubicado en Persia, en casa de
su padre—, desarrollamos nuestro análisis en los tres apartados subsiguientes,
correspondientes a las tres ramas del parentesco de Ciro que enmarcan cada una
de las peripecias que este experimenta, a saber: ramas materna (Ciro, hijo de
Mandane), putativa (Ciro, hijo del boyero) y paterna (Ciro, hijo de Cambises).
A estos apartados añadimos otro más, donde planteamos nuestras conclusiones.
2. La rama materna: Ciro, hijo
de Mandane
Las primeras noticias
sobre la filiación de Ciro se dan en el Logos
Lidio (Hdt. 1.6-94). El narrador crea suspense anticipando el derrocamiento
de Astiages por Ciro:[5] primero presenta formalmente
a ambos con sus respectivos nombres y patronímicos sin aludir al parentesco que
tienen (Hdt. 1.46.1) y luego designa a Astiages como abuelo materno de Ciro
(Hdt. 1.75.1).[6] Además, la Pitia explica a
Creso, ya vencido, que no debió descartar el aviso, lanzado por una predicción
previa, contra un mulo como posible rey de Media (cf. Hdt. 1.55.2), pues Ciro
es ese mulo, nacido de padres de diferente raza. La madre de Ciro, meda e hija
de Astiages, es mejor que el padre. Este, un persa súbdito de los medos, es un
arribista sin méritos que se casa con su señora (Hdt. 1.91.5-6). Así, el
oráculo privilegia la rama materna sobre la paterna. Strong parece basarse en
él para afirmar que la sangre de la madre es el factor que determina la
categoría social y los lazos emocionales de Ciro, es decir, lo que le permite
alcanzar el poder pese a la condición más baja de su padre.[7]
No obstante, de la biografía temprana de Ciro no se extrae una estampa tan
nítida. Por lo pronto, compartir la sangre de su madre lo pone en peligro.
Astiages sueña dos veces
con su hija. En el primer sueño, la ve orinar tanto que inunda su capital,
Ecbatana, y toda Asia. A resultas de su consulta con los magos intérpretes de
sueños, casa a Mandane con Cambises, un noble persa de temperamento tranquilo.
En consonancia con el oráculo, el rey estima que su yerno es mucho peor que
cualquier medo de rango medio (Hdt. 1.107.2). Durante el primer año de casada
de Mandane, su padre tiene el segundo sueño: ve cómo una viña surgida de los
genitales de ella cubre el continente entero.[8]
Los magos interpretan que el bebé de su hija reinará en su lugar (Hdt.
1.108.2). Entonces, Astiages convoca a su hija, que llega a Ecbatana en
avanzado estado de gestación (ἐπίτεξ). En cuanto ella da a
luz, su padre conmina a Harpago a no mentir ni anteponer los intereses de
otros, so pena de tropezar consigo mismo, y le encarga llevar a casa, matar y
enterrar a la criatura que ha parido Mandane: τὸν
Μανδάνη ἔτεκε
παῖδα (Hdt. 1.108.4).[9]
A diferencia del narrador que poco antes hablaba del nacimiento de Ciro (Hdt.
1.108.3), Astiages no da nombre alguno al bebé y se abstiene de aludir a su
propia consanguinidad con el recién nacido y la madre, a quien llama por su
nombre, no hija. O sea, exige de Harpago una ejecución estricta de sus órdenes,
insinúa las secuelas que se derivarían de un incumplimiento y se distancia de
las víctimas del atentado que orquesta. Por su parte, Harpago hace valer los
servicios prestados y promete obedecer apropiadamente (Hdt. 1.108.5). Responde
como hábil cortesano, de manera ampulosa y huera, sin comprometerse a nada
concreto ni mencionar a Mandane o al niño.
El contacto con la
criatura que debe matar mueve a Harpago a desprenderse de su complacencia
áulica; queda tan embargado por la emoción que vuelve a casa llorando. Allí,
cuenta todo a su mujer y, al preguntarle ella qué piensa hacer, habla con una
libertad que no se consiente ante el rey. Declara que no se avendrá a cometer
tamaño asesinato por dos motivos: καὶ
ὅτι αὐτῷ μοι
συγγενής ἐστι
ὁ παῖς, καὶ ὅτι
Ἀστυάγης μέν
ἐστι γέρων καὶ
ἄπαις ἔρσενος
γόνου· (Hdt.
1.109.3). Por un lado, califica al niño como deudo suyo, dando la impresión de
sentirse más próximo al bebé que a Astiages, a pesar de que el narrador lo ha
caracterizado como pariente del rey: ἄνδρα
οἰκήιον (Hdt. 1.108.3). Como no
se especifica el grado de dicho parentesco, deducimos que Harpago es un
pariente lejano de Astiages, su hija y su nieto. Por otro, Harpago trae a
colación la situación familiar de Astiages, a quien adjudica una edad avanzada
y una total carencia de sucesión masculina, que convierte a la madre de la
criatura en posible heredera del trono. Convencido de correr peligro tanto si
la soberanía pasa a Mandane[10] y el niño muere a sus manos
como si el crío no fallece, Harpago escoge una tercera vía: que el asesino sea
alguien al servicio de Astiages y no al suyo (Hdt. 1.109.4).
Harpago hace venir a
Ecbatana a uno de los esclavos boyeros de Astiages y le encomienda abandonar en
la zona más desolada del monte, para que perezca lo antes posible,[11] a una criatura que no
identifica. Amenaza al pastor de
muerte si la deja con vida y exige ver el cuerpo expuesto, pero el secretismo
de Harpago se frustra. Según cuenta después él mismo, el vaquero cree que el
bebé, cuya lujosa ropa le desconcierta, es de un criado hasta que un servidor
doméstico de Harpago le revela que es hijo de Mandane, la hija de Astiages, y
de Cambises, hijo de Ciro: Μανδάνης
τε εἴη παῖς τῆς
Ἀστυάγεος
θυγατρὸς καὶ Καμβύσεω
τοῦ Κύρου (Hdt. 1.111.5). En su
calidad de medo, el informante valora la ascendencia materna del recién nacido
por encima de la paterna. Por eso, nombra a la madre y al abuelo medos antes
que al padre y abuelo persas, a cuya procedencia ni siquiera alude. Al
repetirlo, el boyero acepta tácitamente este modelo de filiación; también para
él el niño es, ante todo, hijo de Mandane.
Días después, el vaquero
trae el cadáver de un niño ataviado con las mismas ricas vestiduras a casa de
Harpago, donde es enterrado (Hdt. 1.113). Pasa una década sin que Harpago ni
Astiages sepan nada más, pero transcurrido ese tiempo el boyero y un niño de
diez años son llevados a presencia del rey a consecuencia de un incidente del
que nos ocuparemos en el tercer apartado de este artículo.
Al interrogar al chico,
Astiages nota que se expresa con bastante libertad y su fisonomía le recuerda a
la suya propia.[12] Sospecha que puede ser su
nieto y, estupefacto, permanece callado un rato. Después de rehacerse[13] y hablar a solas con el
boyero, llama a Harpago y, muy enfadado, le pregunta sin ambages: “Harpago,
¿qué clase de muerte diste al niño que te entregué, al hijo nacido de mi
hija?”:[14] Ἅρπαγε,
τέῳ δὴ μόρῳ τὸν
παῖδα
κατεχρήσαο τόν
τοι παρέδωκα
ἐκ θυγατρὸς
γεγονότα τῆς
ἐμῆς; (Hdt. 1.117.2).
El oráculo, el sirviente indiscreto de Harpago y el boyero mencionan al
padre de la criatura después de la madre, pero Astiages no dedica ninguna palabra
al padre, solo a la madre (cf. Hdt. 1.108.4). Sin embargo, no omite el
parentesco que lo une con el niño, que ya no es hijo de Mandane, sino “de mi
hija”. Con ello no desvela nada nuevo porque tanto el aristócrata como el
vaquero saben desde hace mucho de quién es hijo la víctima. Es más, Astiages ni
siquiera comunica a Harpago que esta víctima vive. Antes bien, espera a oír su
versión de los hechos, que Harpago modula en función de sus dos oyentes, para
evitar ser sorprendido mintiendo.
Afirma haber sido fiel al
espíritu de las órdenes de Astiages y defiende que su actuación fue fruto de la
reflexión y obedeció a la intención de conciliar el mandato recibido con su
rechazo a convertirse en asesino a juicio de Mandane y del propio Astiages: ἐβούλευον
σκοπέων ὅκως […]
μήτε θυγατρὶ
τῇ σῇ μήτε
αὐτῷ σοὶ
εἴην αὐθέντης (Hdt. 1.117.3). El argumento permite vislumbrar qué
lugares ocupan el rey y la princesa en la escala de prioridades de Harpago y
qué objeciones morales tiene contra sus instrucciones. Al nombrarla a ella
primero deja claro que ha antepuesto los intereses de Mandane a los del rey,
desoyendo la advertencia expresa que este le hizo. Al mismo tiempo, nombrarlo
también a él sugiere desasosiego ante la posibilidad de que el monarca se
arrepienta en algún momento de la disposición tomada. En este sentido, la elección de palabras
revela la carga adicional que comporta el encargo: no es un mero infanticidio,
sino un parricidio. El componente familiar justifica la repugnancia que impidió
a Harpago ejecutar la tarea personalmente.[15]
Esta explicación no aplaca a Astiages, quien, con el
fin de ganar tiempo para madurar qué hacer, esconde su ira. Repite a Harpago lo
que ha oído del boyero y dice que su nieto está vivo y él, satisfecho (Hdt.
1.118.1). Finalmente, decide castigarlo mediante una trampa. Se representa
padeciendo las consecuencias de ser un padre gobernante, presa del mismo dilema
que, según Baragwanath, atenaza al faraón Amasis en Hdt. 3.1: velar por su
familia o por su país.[16]
El rey medo habría renunciado a los suyos en pro del estado, en jaque por la
pronosticada usurpación de su nieto. Astiages manifiesta su dolor por lo hecho
al niño y por haberse atraído el odio de Mandane, a quien alude nuevamente como
“mi hija”: θυγατρὶ
τῇ ἐμῇ
διαβεβλημένος
οὐκ ἐν ἐλαφρῷ
ἐποιεύμην (Hdt. 1.118.2).[17]
Quizá sintiera remordimiento y Mandane le echara en cara la muerte de su bebé;
pero, al margen de especulaciones, sus palabras reflejan una estrategia
dialéctica diseñada para persuadir de su sufrimiento de abuelo y padre. Con
ello, busca despertar la empatía de Harpago, que acaba de hacer patentes sus
propios escrúpulos familiares. Además, Astiages anuncia la celebración de
sacrificios en acción de gracias a los dioses por la salvación del chico y de
un banquete ritual, al que invita a Harpago. Aparentemente, se congratula por
la reaparición del nieto perdido, para quien solicita la compañía del hijo de
su interlocutor (Hdt. 1.118.2). De esta forma, completa su asechanza con un
honor doblemente tentador: Harpago podrá sentarse a la mesa de su soberano en
una ocasión especial y su hijo servirá de paje al príncipe reencontrado.
Harpago cae en la encerrona. Tan pronto como llega a
casa, habla con su familia, formada por su mujer y un solo hijo de unos trece
años. Primero, ordena a este que acuda a palacio y haga lo que le mande
Astiages y después, muy contento, le explica a ella lo sucedido: ἦν γὰρ οἱ
παῖς εἷς
μοῦνος ἔτεα
τρία καὶ δέκα
κου μάλιστα
γεγονώς […] αὐτὸς
δὲ περιχαρὴς
ἐὼν φράζει τῇ
γυναικὶ τὰ
συγκυρήσαντα (Hdt. 1.119.2). Con pocas pinceladas, el narrador
pinta la relación que Harpago mantiene con su pequeño círculo íntimo. Exige de
su hijo una obediencia a Astiages que él mismo no ha guardado, al menos no con
el rigor que el monarca esperaba; y toma a su esposa como confidente (cf. Hdt.
1.109.2).
Sin detallar los nombres o las reacciones de estos
dos personajes, secundarios en la narración pero esenciales para Harpago,
Heródoto traslada a sus lectores directamente al palacio de Astiages. Mientras
el rey se hace servir a sí mismo y a los demás comensales comida de procedencia
animal, reserva para Harpago la carne de su propio hijo, degollado y cocinado
nada más pisar el palacio real. El presunto convite ritual de acción de gracias
se convierte para Harpago en un acto involuntario de antropofagia, semejante al
que comete Ciaxares, padre de Astiages, inducido por los resentidos escitas (Hdt.
1.73.5-6), y al que Tiestes es sometido por su hermano Atreo (A. Ag. 1590-1602).[18]
Llevando la lógica del ojo por ojo y diente por diente hasta unos extremos de
barbarie que lo acercan más a los nómadas escitas que a su propio padre y los
civilizados medos, Astiages utiliza al chico como instrumento de venganza, sin
consideración alguna por el parentesco.[19]
Irónicamente, Harpago es obligado a violar los lazos
paternofiliales, rozando el filicidio, por haber intentado zafarse de
quebrantar unos vínculos menos sólidos, los que lo atan a dos parientes
lejanos, la princesa y su pequeño. Aparte de cobrarse la vida del hijo de
Harpago en compensación por la conservación de su nieto, Astiages despoja al
adolescente de su humanidad. No se limita a tratarlo como una pieza de caza o
ganado destinada a la olla, sino que habla de él como tal. Después de comer,
hace que Harpago destape un cesto que contiene los restos de su hijo, pero él
no pierde la compostura. Desilusionado por su entereza, Astiages le pregunta
con sorna si reconoce de qué animal es la carne que acaba de comer (Hdt.
1.119.6). Dando una impasible respuesta afirmativa digna de un experto
cortesano, Harpago vuelve a casa con lo que queda de su hijo. El narrador
introduce entonces una conjetura propia, que Harpago debió de reunir y enterrar
los despojos (Hdt. 1.119.7). Este detalle confiere emotividad a la escena,
matizando el hermetismo de Harpago y contribuyendo a que los lectores no
olviden la importancia que este asigna a la familia. Como recalca Greenberger,
su primera reacción es dócil, pero no olvida.[20]
Según comprobaremos en el apartado cuarto, Harpago espera durante años la
oportunidad de vengarse y recaba para ello la ayuda del hijo de Mandane.
3. La rama
putativa: Ciro, hijo del boyero
Durante la década que
transcurre entre el entierro del bebé engalanado y el reconocimiento por
Astiages de su nieto vivo, este permanece al cuidado del boyero. El narrador
informa de que este se llama Mitradates, pero se detiene más en la mujer que
comparte su vida, una compañera de esclavitud cuyo nombre parlante (“perra”)
está desdoblado: en griego es Cino y en medo, Espaco (Hdt. 1.110.1).[21]
Pese a su baja posición y
sus escasos medios, el hijo de Mandane disfruta de un cálido ambiente familiar
en la cabaña de sus padres putativos. El narrador especifica que el insólito
llamamiento a la ciudad llena a la pareja de preocupación mutua, lo que prueba
el afecto que los dos se profesan. Mitradates teme por Cino que, igual que
Mandane, está próxima a parir cuando el vaquero parte hacia Ecbatana (ἐπίτεξ)[22] y, de hecho, da a luz
mientras él está ausente. Ella tiene miedo porque no sabe la razón por la que
Mitradates ha sido convocado a la capital. Cuando él regresa, Cino pregunta por
qué ha querido verlo Harpago y él le hace una cumplida crónica de lo todo lo
que ha visto y oído (Hdt. 1.111). Nada más terminar, él le enseña al crío. Si,
como vimos en el apartado anterior, Mitradates ha quedado impresionado por sus
adornos, Cino se muestra sensible a su aspecto. Al verlo se echa a llorar y
suplica por él (Hdt. 1.112.1), pero Mitradates niega poder salvarlo. No
pudiendo persuadir a su compañero, Cino plantea un plan de acción alternativo.
Consciente de que la exposición es inevitable, le confía que ella ha dado a luz
un bebé sin vida. Propone abandonarlo en lugar del otro, aduciendo que
evitarían el castigo por desobediencia y cualquier negligencia hacia los dos
bebés. Al principio, no asigna sexo a su criatura muerta, solo importa que no
ha sobrevivido: τέτοκα γὰρ
καὶ ἐγώ, τέτοκα
δὲ τεθνεός (Hdt. 1.112.2).
Lógicamente, como su idea solo es factible
si los dos niños tienen el mismo sexo, acaba diciendo que el suyo también es
varón: ὅ τε γὰρ
τεθνεώς (Hdt. 1.112.3).
Según Lateiner, el llanto
en las Historias no solo expresa
impotencia y sufrimiento, también perspicacia penosamente adquirida y
conciencia sobre la fugacidad de la felicidad humana.[23]
Tal apreciación encaja con la coyuntura de Cino. Llora al ver un varoncito
agraciado y sano porque su reciente experiencia ha truncado sus expectativas de
un parto feliz y le ha enseñado lo frágil y valiosa que es la vida humana.
Dewald va más allá y señala a Cino como el único actor que tiene en cuenta el
abanico de implicaciones morales y prácticas de la situación y acepta la
responsabilidad de actuar.[24] Pese a ser sugestiva, esta
afirmación resulta exagerada por dos motivos. En primer lugar, pasa por alto
que Harpago ha enunciado ante su mujer la combinación de razones morales y
prácticas por las que se aparta de las instrucciones de Astiages (cf. Hdt.
1.109.2-4), igual que Cino se desvía ahora de las del propio Harpago. En
segundo lugar, aunque Astiages y Harpago se sustraigan de la responsabilidad
directa sobre el destino de la criatura, Mitradates no lo hace. Constreñido por
las amenazas, no ve más opción que exponer al niño y, cuando su compañera le
indica otra salida, no vacila en tomarla; es él quien actúa inmediatamente,
entregando el bebé vivo a Cino, dejando en el monte a la intemperie el cadáver
del otro y trasladándolo, con la ropa del superviviente, a la residencia de
Harpago tres días más tarde (Hdt. 1.113.1-2). Más pertinente nos parece la
oposición que Gray detecta entre Cino y “the
men in the story”. Mientras Astiages, Harpago e, incluso, Mitradates antes de cambiar de
opinión quieren la muerte del pequeño, ella desea que se salve.[25]
Su maternidad encuentra en
él al sustituto perfecto del hijo que acaba de perder, un niño malogrado que no
tiene nombre y apenas es llorado[26] porque su razón de ser en la
narración es posibilitar el intercambio de recién nacidos. Cino llama al que
sigue vivo “el hijo de la hija de Astiages”. Como meda, el padre persa no le
concierne, los ascendientes importantes son la princesa y el rey; pero, como
madre, está dispuesta a prohijar al principito. De este modo, marca claramente
el primer cambio de fortuna de Ciro: el bebé que ha nacido de Mandane se
convierte, al ser acogido en su hogar, en hijo del boyero. No obstante, Cino
plantea el acogimiento como un trabajo conjunto, sugiriendo que ambos críen al
niño como si fuera suyo: τὸν
δὲ τῆς
Ἀστυάγεος
θυγατρὸς
παῖδα ὡς ἐξ
ἡμέων ἐόντα
τρέφωμεν (Hdt. 1.112.3).[27]
En esta tarea común hay
reparto de papeles. Ella lo alimenta y le pone un nombre distinto del que
llevará después, Ciro (Hdt. 1.113.3).[28]
Como el narrador suele atribuir al padre la imposición de nombre a un hijo o
hija (Hdt. 1.107.1; 6.63.3), hacer recaer la nominación sobre la madre es un
síntoma de la especial influencia de esta sobre la vida del niño. Las palabras
del propio Ciro la constatan. Cuando se encuentra con sus padres biológicos, él
les explica que se ha criado como hijo de un boyero de Astiages, pero demuestra
predilección por la compañera del pastor. A Mitradates alude como padre
putativo sin dar su nombre. En cambio, a Cino la nombra y alaba constantemente: ἐπίστασθαι
μὲν γὰρ ὡς
βουκόλου τοῦ
Ἀστυάγεος εἴη
παῖς […] τραφῆναι
δὲ ἔλεγε ὑπὸ
τῆς τοῦ
βουκόλου
γυναικός, ἤιέ
τε ταύτην
αἰνέων διὰ
παντός, ἦν τέ οἱ
ἐν τῷ λόγῳ τὰ
πάντα ἡ Κυνώ (Hdt. 1.122.2-3). No
obstante, Mitradates también tiene una función en la crianza. Por su oficio, es
un padre adecuado para un futuro hombre de estado porque este ha de cuidar de
su pueblo lo mismo que el pastor de su ganado.[29]
Por su calidad de hombre de la casa, asume la paternidad públicamente y
acompaña a su nuevo hijo en su visita a la ciudad. Esta visita es consecuencia
de un incidente.
Heródoto crea un escenario
donde un padre que respalda a su hijo precipita una acción narrativa impregnada
de parentesco, el reconocimiento de Ciro por su abuelo Astiages.[30] Ciro, elegido como rey por
varios chicos de su edad en un juego, azota a uno por no cumplir sus órdenes.
Este se queja a su padre, el noble medo Artembares, que apela a Astiages (Hdt.
1.114). En atención al elevado rango de Artembares, Astiages consiente en
escarmentar al ofensor y lo convoca junto con el boyero a la corte (Hdt.
1.115.1). Greenberger contrapone a Ciro con Artembares y su hijo, alegando que
Ciro se defiende solo mientras su coetáneo tiene un padre que lo ampara y habla
por él;[31] pero, a nuestro juicio,
simplifica las cosas. En realidad, se contraponen dos niveles de conocimiento
sobre la filiación de Ciro. Por un lado, existe un nivel profundo donde se
encuentran el narrador y Mitradates, sabedores de que Mitradates pasa por ser
el padre de Ciro. Por eso, el narrador califica al rey del juego como hijo
nominal del boyero: τοῦτον δὴ
τὸν τοῦ
βουκόλου
ἐπίκλησιν
παῖδα (Hdt. 1.114.1). Por otro lado, hay un nivel
superficial. En él están el propio Ciro,
el jugador insumiso y Artembares, los cuales creen que Ciro es
verdaderamente hijo del boyero. Este pensamiento genera en el compañero de
juegos, que permanece anónimo, la sensación de haber sido ultrajado por un
individuo inferior, hijo del boyero de Astiages: τοῦ
βουκόλου τοῦ
Ἀστυάγεος
παιδός (Hdt. 1.114.4). Artembares hace suyos el
pensamiento y la afrenta de su hijo y denuncia ante Astiages el agravio causado
“por tu esclavo, hijo de un boyero”: ὑπὸ
τοῦ σοῦ δούλου,
βουκόλου δὲ
παιδός, ὧδε
περιυβρίσμεθα (Hdt. 1.114.5).[32] Por su parte, Astiages
cambia de un nivel a otro. Al dirigirse a Ciro por primera vez, se halla en el
nivel superficial y establece una antítesis entre el supuesto origen servil de
su interlocutor y el abolengo del hijo de Artembares: “¿Tú, a pesar de ser hijo
de un individuo como este, has osado causar tal humillación al hijo del que es
el primero en mi palacio?”: σὺ δὴ ἐὼν
τοῦδε
τοιούτου
ἐόντος παῖς
ἐτόλμησας τὸν
τοῦδε παῖδα
ἐόντος πρώτου
παρ᾽ ἐμοὶ
ἀεικείῃ
τοιῇδε
περισπεῖν; (Hdt. 1.115.2). Sin
embargo, al escuchar y mirar atentamente a Ciro accede al nivel profundo de
conocimiento, imaginando cuál es su auténtica ascendencia. Enseguida, pierde
interés por la causa de Artembares y su hijo. Astiages se desembaraza de todos
—Artembares parece llevarse a su hijo y Ciro es trasladado por los sirvientes a
otro lugar del palacio (Hdt. 1.116.3)— para corroborar su sospecha en privado
con el boyero.
Según Greenberger,
Astiages es la figura paterna de Ciro,[33]
pero esto implica adjudicarle un papel que corresponde a Mitradates. Al
preguntar de dónde ha sacado al niño y quién se lo ha entregado, Astiages
demuestra haberse percatado de que el boyero no tiene vínculos de sangre con
Ciro. A su vez, el pastor sabe que la vieja orden de matar al chico procedía en
última instancia del monarca y trata de proteger a Ciro. Por eso, responde que es su hijo y que la mujer que lo
parió todavía vive con él: ὁ δὲ ἐξ
ἑωυτοῦ τε ἔφη
γεγονέναι καὶ
τὴν τεκοῦσαν αὐτὸν
εἶναι ἔτι παρ᾽
ἑωυτῷ (Hdt. 1.116.4). Con esta declaración de paternidad
biológica, obviamente falsa, corre un grave riesgo. Astiages se lo hace ver,
consigue vencer su resistencia y obtiene una confesión acompañada de súplicas
de perdón (Hdt. 1.116.5).[34] Por tanto, la protección
brindada por la pareja de esclavos funciona en la clandestinidad y en un
territorio remoto, pero se quiebra en Ecbatana, la sede central del poder, ante
la persona que concentra ese poder, el rey de los medos. Aun así, es lo
suficientemente efectiva como para permitir a Ciro superar con éxito la primera
infancia.
4. La rama paterna: Ciro, hijo de Cambises
Con Ciro a su merced,
Astiages consulta de nuevo con los magos, para quienes el sueño se ha cumplido
con la elección improvisada del muchacho como rey del juego (Hdt. 1.120.3);
Astiages está conforme, pero les insta a reflexionar lo que sea más seguro
“para mi casa y vosotros mismos”: τὰ
μέλλει
ἀσφαλέστατα
εἶναι οἴκῳ τε
τῷ ἐμῷ καὶ
ὑμῖν (Hdt. 1.120.4). Aparte de una amenaza apenas velada
contra sus interlocutores, sus palabras traslucen una genuina inquietud por la
salud de su dinastía.[35] Los magos ratifican su
adhesión con un argumento étnico, como medos prefieren que siga reinando
Astiages y no el niño, que es persa y podría acabar con sus prerrogativas (Hdt.
1.120.5). Implícitamente, privilegian la rama paterna sobre la materna, justo
al revés del oráculo (cf. Hdt. 1.91.5-6). Según ellos, la consanguinidad con
Cambises convierte a Ciro en persa y lo excluye de la dinastía de Astiages, a
la que pertenece por vía materna. Paradójicamente, los magos no relegan a la
princesa. Aconsejan a su soberano enviar al niño a Persia con sus padres, es
decir, con Cambises y Mandane: ἀπόπεμψαι
ἐς Πέρσας τε
καὶ τοὺς
γειναμένους (Hdt. 1.120.6).
Astiages llama a Ciro para
una última entrevista personal. Su alocución comienza con ὦ
παῖ, traducible como “hijo mío”, que, pese a las
apariencias, no supone una revelación de parentesco. El rey ordena a Ciro
partir contento con un séquito a Persia, donde encontrará un padre y una madre
de distinta condición que el boyero Mitradates y su compañera: ἐλθὼν
δὲ ἐκεῖ πατέρα
τε καὶ μητέρα
εὑρήσεις οὐ κατὰ
Μιτραδάτην τε
τὸν βουκόλον
καὶ τὴν
γυναῖκα αὐτοῦ (Hdt. 121). Es decir, el monarca
acepta el modelo de filiación planteado por los magos, determinado por Cambises
y extensivo a Mandane. Además, lo amplía aludiendo por separado a su yerno y a
su hija e insinuando que Ciro tiene dos parejas de padres: una conocida, pobre;
y otra, desconocida y más acomodada. Sin embargo, Astiages se expresa de forma
críptica y no da al chico la posibilidad de preguntar o decir nada. Su
propósito es alejarlo sin asperezas, no entablar una buena relación con él. Es más, según Ciro, Astiages deja que unos
subalternos, los guías que lo escoltan, le digan la verdad de su ascendencia
(Hdt.1.122.2). Así, el muchacho es preparado en el camino para la segunda
anagnórisis de su biografía, que tiene lugar en la residencia de Cambises.
El narrador, igual que los
magos, presenta al dueño de la casa y a su esposa como un dúo, los dos son, a
lo largo del capítulo, los padres de Ciro (οἱ
γεινάμενοι […] οἱ
δὲ τοκέες). Primero, lo reciben
como a un extraño y, luego, cuando averiguan quién es, le dan una cálida
bienvenida, convencidos hasta entonces de que estaba muerto, y le preguntan
cómo se ha salvado (Hdt. 1.122.1). A diferencia del primero, este
reconocimiento es tal para todos los involucrados, que se enteran perfectamente
de qué clase de vínculo los une, y no resulta traumático. Se desarrolla con
cariño, lo cual presagia que Ciro gozará junto a su familia biológica de un
ambiente afectuoso similar al que disfrutó con los esclavos medos.
Si estos compartieron la
crianza de Ciro, Cambises y Mandane trabajan en equipo por su hijo. Al oír
continuas referencias a Cino en su explicación, ambos hacen circular la
hablilla de que Ciro fue expuesto y amamantado por una perra, para que a los
persas les parezca que el niño ha sobrevivido por una gracia divina especial: οἱ
δὲ τοκέες
παραλαβόντες
τὸ οὔνομα
τοῦτο, ἵνα θειοτέρως
δοκέῃ τοῖσι
Πέρσῃσι
περιεῖναί σφι
ὁ παῖς […] (Hdt. 1.122.3). No cabe
duda de que estamos ante una racionalización del mito según el cual Ciro sería
el hijo de leche de una perra.[36] No obstante, que Heródoto
apunte a los padres como fuente del rumor es relevante en sí mismo. Conlleva
que Mandane y Cambises sobrepasen los límites a los que han estado confinados.
Aunque tenga potencial para reinar tras su padre y quizá se enfrentara a él por
arrebatarle a su bebé (cf. Hdt. 1.109.4; 1.118.2), hasta ahora ella ha sido poco
más que un vientre gestante; y él, un yerno títere que ha tolerado que su
suegro dispusiera a su antojo de su mujer embarazada y de su único hijo. En
unas pocas líneas, el narrador transmuta estos progenitores ausentes en padres
activamente comprometidos en la mejora de las perspectivas de su hijo.
En una maniobra claramente
propagandística, ambos difunden un mensaje que, siguiendo el esquema de
Beckman, tiene un objetivo definido, el incremento de la estatura política de
su hijo, y está diseñado para convencer a una comunidad específica, el pueblo
persa, de que adopte una idea concreta que redundará en beneficio del emisor.[37] En este caso el provecho es
indirecto, ya que recae sobre el hijo de los emisores, y no sobre ellos mismos.
La propaganda no alcanza su meta mediante la persuasión con argumentos, sino
mediante la explotación de lo que Beckman denomina “the epistemically flawed ideological beliefs of the recipients”, lo cual significa que
los emisores entienden, pero no necesariamente comparten, la ideología de los
receptores.[38] No podemos saber si Cambises
y Mandane participan de tales doctrinas, pero es evidente que se sirven de la
sacralidad de los perros entre los persas para revestir a Ciro del prestigio de
un protegido de los dioses.[39] El rumor también afecta a
los padres putativos de Ciro. Greenberger sostiene que, al negar la verdadera
labor de Cino en la niñez de su hijo, Cambises y Mandane intentan romper los
lazos entre el chico y sus padres putativos.[40]
Sin embargo, la propaganda tiene un fin sociopolítico, no emocional. Al
prescindir de Mitradates y degradar a Cino de madre putativa humana a nodriza
animal, los padres biológicos de Ciro no atacan el amor que este siente por
quienes lo han criado. Antes bien, pretenden borrar cualquier rastro de otros
progenitores, para impedir que los persas recelen de la filiación de Ciro
—desaparecido al nacer y recuperado con diez años— y lo tomen por un hijo postizo o adulterino (ὑποβολιμαῖος
ἢ μοιχίδιος).[41]
Así pues, la propaganda cimienta el renombre de Ciro y afianza su legitimidad
en Persia.
Cuando llega a la edad
adulta, está a la altura de su fama siendo el más valiente y apreciado de sus
contemporáneos. Desde Media, Harpago trata de ganárselo con regalos. Lo mueve
la empatía, puesto que equipara las desgracias de Ciro con las suyas propias.
Él ha padecido la pérdida de su único hijo a manos de Astiages, que alejó
durante años a Ciro, también hijo único, de sus padres biológicos. Pero, ante
todo, lo impulsa el ansia de revancha, si bien no se ve capaz, como particular,
de vengarse de Astiages (Hdt. 1.123.1). Schrader, para quien la gran influencia
de Harpago en palacio es incompatible con la condición de ἰδιώτης,
entiende que adopta una pose humilde para congraciarse con Ciro;[42] pero el narrador está
describiendo las motivaciones íntimas de Harpago, no los razonamientos con los
que convence a otros. Además, aunque en términos absolutos no sea un hombre
corriente, comparativamente puede considerarse a sí mismo tal. Al fin y al
cabo, si Harpago es un eminente cortesano, Ciro es el nieto de Astiages. Como
príncipe de sangre real, es un buen candidato a reinar en lugar del viejo rey.
Este punto de vista es útil para comprender la conspiración de Harpago, que
intriga con otros notables medos para desposeer a Astiages en favor de Ciro
(Hdt. 1.123.2)[43] y se cartea en secreto con
este (Hdt. 1.124) para que subleve y guíe a los persas en guerra contra los
medos, prometiéndole la corona de Astiages.
Harpago se presenta como
benefactor de Ciro y víctima de Astiages, que lo castigó por evitar la muerte
de Ciro entregándolo al boyero. Este aparece desprovisto de cualquier mérito:
Ciro debe su supervivencia exclusivamente a la mediación de los dioses y del
propio remitente. Haciendo gala de una actitud contraria a la que exhibió ante
su soberano con el pastor como testigo, Harpago echa a Astiages toda la culpa
del atentado contra Ciro e incita a este a vengarse del anciano, al cual tacha
de “tu asesino”: σύ νυν
Ἀστυάγεα τὸν
σεωυτοῦ φονέα
τεῖσαι (Hdt. 1.124.1). O sea, a
pesar de que es una cuestión capital en su confabulación con la nobleza meda,
Harpago mantiene latente en la misiva la consanguinidad entre Ciro y Astiages.
Abordarla abiertamente supondría recordar a Ciro que Astiages es su abuelo
materno y podría ser contraproducente.[44]
Puesto que es uno de los motivos que esgrime ante su mujer para negarse a
matarlo de niño, sorprende que silencie ahora su propia relación familiar con
Ciro. Sin embargo, aludir a ella podría evocar asimismo el parentesco entre
Ciro y Astiages. Por eso, Harpago se concentra en la rama paterna de la familia
y encabeza su escrito con el patronímico “hijo de Cambises” en vocativo, como
fórmula de cortesía: ὦ παῖ
Καμβύσεω (Hdt. 1.124.1). Esta es
la primera y única ocasión, dentro de su biografía temprana, en que Ciro recibe
dicho apelativo. Con él, Harpago marca el nuevo cambio de fortuna: Ciro se ha
transformado de hijo del boyero en hijo de Cambises. Más aún, el vocativo pone
de relieve que ha dejado atrás la
infancia para ingresar en la adultez. Es hora de que el joven asuma deberes
públicos en Persia, su lugar de residencia y el país de su padre biológico y legal.[45]
Munson achaca al autor de
las Historias la inexactitud
histórica de rebajar la categoría de Cambises: Heródoto trata la dinastía real
persa implantada por Aquemenes, a la que supuestamente pertenecen Cambises y
Ciro (Hdt. 1.125.3; 3.75.1), como un clan nobiliario; y se refiere a Cambises
como un simple aristócrata persa, negándole su título de rey de Anzan, un reino
en Parsa (actual provincia de Fars, en el suroeste de Irán), vasallo primero de
los asirios y luego de los medos.[46] Aunque la realeza de
Cambises sea menospreciada por personajes —la Pitia y Astiages (cf. Hdt.
1.91.5-6; 1.107.2)— y no por el narrador mismo, este parece desdibujar
deliberadamente su figura.
Su hijo toma solo la
decisión de aceptar la sugerencia de Harpago y convoca por su cuenta una
asamblea de las tres principales tribus persas. A continuación se arroga una
autoridad que no procede de su padre, sino del monarca medo, al cual cita por
su nombre sin referirse a su parentesco. Amparado en un nombramiento falso como
general de los persas concedido supuestamente por Astiages, Ciro imparte sus
primeras órdenes, que consisten en que cada hombre vuelva ante él con una hoz
(Hdt. 1.125.1-2).[47] Cuando traen las hoces,
ordena a los persas comparecientes desbrozar con ellas un amplio paraje en un
día y, ejecutada la labor, que regresen al día siguiente. Entonces, los
obsequia con un banquete. Después de comer, comparando los placeres que acaban
de disfrutar con la libertad y los pesados trabajos del día anterior con la
sumisión, les exhorta a rebelarse contra Astiages (Hdt. 1.126). Declara que sus
oyentes son iguales a los medos en la guerra y lo demás, pero no se homologa
con ellos. Distingue claramente entre su público (“vosotros”) y él mismo
(“yo”), que cree haber nacido por disposición divina (θείῃ
τύχῃ) para liderar la lucha emancipadora (Hdt. 1.126.6).
Al decirlo, se manifiesta imbuido de —y divulga— la propaganda promovida por
sus padres biológicos, pero no se apoya en ellos. Ninguno de los dos tiene
espacio en su discurso. El narrador, no obstante, guarda para Cambises un
pequeño papel en la escenificación de su hijo, a saber: suministrador de los
medios para el convite. En apenas un día, Ciro prepara un espléndido festín con
vino y exquisitos manjares,[48] cuya base es el conjunto de
los rebaños de cabras, ovejas y vacas de su padre: ἐν
δὲ τούτῳ τά τε
αἰπόλια καὶ
τὰς ποίμνας
καὶ τὰ βουκόλια
ὁ Κῦρος πάντα
τοῦ πατρός (Hdt. 1.126.2). Aparte de
un alarde organizativo y económico, ello constituye una apuesta firme de
Cambises, que cede gran parte de sus recursos para ayudar a su hijo a captar
las voluntades de sus compatriotas.
La escenificación de Ciro
y su arenga[49] tienen éxito. Con Ciro como
jefe, los persas se alzan y Astiages arma a todos los medos. Confundido por la
divinidad, olvida el daño que infligió a Harpago y le otorga el mando de su
ejército. Después de que Harpago y la mayoría de las tropas deserten o se
dispersen (Hdt. 1.127), Astiages combate a los persas a la cabeza de los
jóvenes y los viejos que quedan en Ecbatana, pero pierde a sus hombres y es
capturado (Hdt. 1.128).
El prisionero y Harpago se
enzarzan en un cruce de reproches. Entre insultos y vejaciones, este pregunta
por el banquete donde aquel le sirvió la carne de su propio hijo: εἴρετό
μιν πρὸς τὸ
ἑωυτοῦ
δεῖπνον, τό μιν
ἐκεῖνος σαρξὶ
τοῦ παιδὸς
ἐθοίνησε (Hdt. 1.129.1). A su vez,
Astiages desdeña la pretensión de Harpago de ser el artífice de la victoria de
Ciro, tildándolo de estúpido por haber transferido el poder a otro pudiendo
ejercerlo él y de injusto por haber esclavizado a los medos a causa de un
convite. También arguye que, si el traspaso de soberanía a un tercero era
ineludible, Harpago debería haber beneficiado a un medo, no a un persa; al
obrar como lo ha hecho, ha cometido un atropello contra los medos en su
totalidad, que no le han causado ningún mal y no merecen ser privados de su
preeminencia (Hdt. 1.129.3-4). El
monarca depuesto suprime la transgresión moral consustancial al banquete letal,
presentándolo como una rencilla personal. Además, adopta el argumento étnico
propugnado por los magos intérpretes de sueños —a los que, por cierto, ha
ordenado empalar poco antes (Hdt. 1.128.2)—. Astiages define a su antiguo
cortesano como contraventor de un código socio-cultural xenófobo:[50] por su revanchismo egoísta,
Harpago habría fallado a su propio pueblo y entregado el trono de Media a un
extranjero.[51]
Si bien vive hasta su
muerte en la corte de Ciro (Hdt. 1.130.3),[52]
estas son las últimas palabras del viejo rey medo en la obra. Al igual que los
magos, Astiages pone implícitamente el peso de la filiación de Ciro sobre la
rama paterna. Sin embargo, al contrario que ellos, no incluye a Mandane en su
intervención final. De este modo, reniega de su parentesco con su joven
vencedor; después de ser derrotado, no caracteriza a Ciro como el hijo de su hija,
sino como alguien ajeno, el hijo del persa Cambises.
5. Conclusiones
Por las páginas
precedentes han pasado doce personajes con vínculos familiares entre sí:
Astiages, Mandane, Cambises, Harpago, su mujer, su hijo, Mitradates, Cino, su
bebé, Artembares, su hijo y, por supuesto, Ciro. De ellos, únicamente la
criatura alumbrada por Cino y el hijo de Harpago callan en la narración. Lógicamente, el niño menor
no habla porque nace muerto, pero el mayor, que por edad podría, tampoco
articula palabra. Aparte de valer como instrumento de la venganza de Astiages
contra su padre, el adolescente es equiparable al bebé expuesto y enterrado en
lugar de Ciro, en cuanto que hay un intercambio entre su vida y la de Ciro: él
muere porque Ciro está vivo. En otras palabras, ambos chicos son sustitutos
mudos de Ciro. El siguiente personaje que menos habla es la esposa de Harpago,
que se limita a interpelar a su marido por sus planes inmediatos, brindándole
la ocasión de explayarse. Poco comunicativo se muestra igualmente otro
muchacho, el hijo de Artembares, que se dirige a su padre para quejarse de
Ciro, a quien conoce como el hijo del boyero, sin participar en más diálogos.
Cuando Artembares eleva la protesta al rey, también se refiere a Ciro como hijo
del boyero. Ni el muchacho ni su padre llegan a descubrir en la biografía
temprana de quién es hijo y nieto el rey del juego en realidad.
En cambio, el resto de
personajes, que constituye una mayoría (siete de doce), maneja más de una
versión de la filiación de Ciro. De hecho, los siete manipulan en mayor o menor
grado la retórica del parentesco. A Astiages y Harpago, los más manipuladores
en términos cuantitativos, les mueven sus propios intereses. Como quiere
mantener su soberanía, Astiages ordena matar a quien la amenaza, su nieto. Al
transmitir sus instrucciones a Harpago, omite el parentesco y solo lo admite
claramente cuando se encara con su hombre de confianza después de averiguar,
diez años más tarde, que el hijo de su hija vive. Tras la confesión de Harpago,
Astiages asume un segundo objetivo, la venganza, y, para alcanzarla, no vacila
en recurrir al engaño. Fingiendo ser un abuelo y padre compungido que se alegra
de la salvación de su nieto, halaga la vanidad de Harpago con honores para él y
su hijo, pero luego da muerte al chico, tratándolo y hablando de él cual animal
servido en una comida. Posteriormente, decide mandar a Ciro a Persia y, aunque
lo despache con amabilidad, no destapa sus vínculos familiares. Prefiere
formular una especie de acertijo, anunciando que allí tendrá un padre y una
madre más nobles que Mitradates y Cino. Astiages continúa manipulando la
retórica del parentesco incluso en su último coloquio con Harpago. Para amargar la sensación de triunfo de su
interlocutor se desvincula completamente de Ciro, hablando de él como de un
extranjero y no como de un nieto.
Si bien disimula casi
constantemente ante Astiages, Harpago le va a la zaga en manipulación. Da una
insustancial respuesta de aquiescencia al mandato de infanticidio, pero en
compañía de su esposa se expresa con franqueza sobre los inconvenientes que ve
en tal encargo, cuya ejecución implicaría atacar a su pariente, el pequeño
Ciro, y enfrentarse al enfado de la madre, probable heredera de Astiages. En
consecuencia, delega en el boyero, modificando la orden de matar por la de
exponer y escondiendo la filiación de la víctima, que, pese a su reserva, es
filtrada. Una década después, forzado por las circunstancias, reconoce haber
hecho exponer al niño, desvelando sus escrúpulos y su miedo de Mandane.
Engañado por su rey, come inadvertidamente la carne de su propio hijo y, al
darse cuenta, sus prioridades cambian. Ya no le inquietan las obligaciones
derivadas de su parentesco con Ciro ni su propia seguridad, ahora desea
vengarse de Astiages derrocándolo. Para ello, recurre a un doble juego. Por un
lado, permanece en la corte como si nada hubiera pasado. Por otro, conspira con
otros nobles medos y mantiene el contacto con Ciro, ya instalado en Persia, con
vistas a que ocupe el trono de Media. En su carta, manipula de nuevo la
retórica del parentesco. Para resaltar su propia intervención en el salvamento
de Ciro, devalúa la del boyero y para empujar mejor a Ciro contra Astiages,
tilda a este de su asesino y elimina cualquier referencia a Mandane y al
parentesco de Ciro con Astiages y con él mismo. Además, para animarle a
desempeñar un papel activo en los asuntos públicos persas, denomina a Ciro hijo
de Cambises. Finalmente, en su última conversación con Astiages, Harpago
abandona todo disimulo. Mediante su pregunta sobre el banquete letal, desvela
que el lazo familiar que más le importa es aquel que lo liga con su hijo
difunto.
Al contrario que Astiages
y Harpago, las dos parejas de padres no buscan su propio beneficio, sino ayudar
a Ciro. Cino revela a su compañero que ha parido un niño muerto al mismo tiempo
que le propone acoger a Ciro como hijo. Con ello, pretende compensar la pérdida
de la criatura malograda, pero también salvaguardar la integridad física de
Ciro. Mitradates persigue lo mismo al afirmar ante Astiages que Ciro es suyo.
La manipulación de la retórica del parentesco realizada por los padres
putativos de Ciro es eficaz durante años lejos del centro de poder, pero no
funciona en Ecbatana. Medida según la correlación entre esfuerzo y rédito, la
manipulación efectuada por los padres biológicos de Ciro es muy exitosa. En
toda la biografía temprana de su hijo, Cambises y Mandane llevan a cabo un
único y conjunto acto discursivo: la difusión de un rumor propagandístico, que
instrumentaliza la retórica del parentesco para ensalzar a Ciro entre los
persas, en provecho de su futura trayectoria política. Ocultando a Mitradates y
postergando a Cino a la posición de una
nodriza animal, la hablilla despeja posibles dudas sobre la legitimidad del nacimiento
de Ciro y lo asciende a la categoría de favorito de los dioses.
Cuando de niño se entera
de la verdad sobre su filiación y la transmite a Cambises y Mandane, Ciro habla
con candor y entusiasmo de su madre putativa. Sin embargo, al crecer también él
manipula la retórica del parentesco. Incurre en falsedad documental para
presentarse ante la asamblea persa investido de una autoridad emanada de
Astiages, pero silencia su parentesco con él. De esta manera, se dota a sí
mismo de un poder supuestamente legal que no parece venir dado por sus
circunstancias familiares, sino que sugiere destreza militar, y que lo faculta
para dar órdenes a los persas. Ya seguro de su obediencia, en la arenga que
luego les dirige, se declara líder natural de la revuelta contra los medos en
virtud de su nacimiento por disposición divina, utilizando la propaganda
divulgada por sus padres biológicos sin aludir a ellos o a su relación con
ellos. Así, Ciro proyecta la imagen de un hombre joven, libre de supervisión
parental, resuelto y combativo cuyas empresas bélicas son susceptibles de
prosperar debido a que lo asiste la gracia de los dioses.
Partiendo de elementos
tomados, según su propia admisión, de la tradición persa, el narrador construye
a través de los actos discursivos de los personajes, que él mismo matiza o
interpreta a menudo, tres identidades distintas de Ciro. La primera, encuadrada
en la rama materna, lo identifica como hijo de Mandane y lo entronca con el rey
de Media cuya corona usurpa, propiciando que obtenga la lealtad de la
aristocracia y de las capas inferiores de la sociedad meda. La segunda atañe a
la rama putativa y comporta que Ciro pase por hijo del boyero. Ello garantiza
su supervivencia y le confiere el aura del individuo común que se encumbra
desde los orígenes más modestos hasta la más alta dignidad del estado. Por
último, la tercera identidad, delimitada por la rama paterna, lo señala como
hijo de Cambises, perteneciente al pueblo persa y, por tanto, apto para luchar
a su lado. Es más, ser hijo de Cambises, rey de Anzan, lo capacitaría como
caudillo de los persas si no fuera por el perfil bajo que los demás personajes
y el narrador asignan a Cambises en la biografía temprana. Dicho perfil bajo
realza la figura de Ciro como fundador del Imperio persa, que gana la realeza
por sí mismo y no la hereda de su padre.
El parentesco del
protagonista con Mandane, Astiages, Harpago, Mitradates y Cino no existe más
allá de su biografía temprana; solo su conexión con Cambises sigue vigente
después. Es decir, de las tres identidades de Ciro, la definitiva es la que
procede de su padre. Esto resulta esperable, dado que todavía hoy en numerosas
culturas la filiación se establece por vía aterna y, dentro de la narración,
supone un retorno al inicio en la medida en que Ciro es introducido en la obra
como hijo de Cambises. No obstante, que la identidad de Ciro como hijo de
Cambises sea la única en perdurar no significa que anule las otras dos. Las
tres identidades se superponen en una pirámide cuyas tres caras, el príncipe, el
esclavo y el conquistador, se complementan unas a otras para formar una
personalidad carismática e integradora en la que se pueden ver reflejadas todas
las gentes —medos y persas, poderosos y humildes, políticos y guerreros, etc.—
que habitan o contribuyen a forjar y expandir el imperio que el propio Ciro
instaura.
En las Historias, la complejidad identitaria de
Ciro no es un caso aislado, sino el ejemplo más desarrollado del arquetipo del
héroe que, como Escilas de Escitia (Hdt. 4.78-80), Bato de Tera (Hdt.
4.154-155), Cípselo de Corinto (Hdt. 5.92β-ε) o Demarato de Esparta
(Hdt. 6.61-69), desciende de una pareja multiétnica o dispar y está llamado a
dominar naciones o ciudades enteras, pero debe afrontar serios obstáculos
impuestos por parientes o personas de su entorno, porque para Heródoto las
cuestiones de familia casi nunca son sencillas.
Carmen Sánchez-Mañas
(Universitat Pompeu Fabra)
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.
[1] Sobre
las características descritas arriba,
cf. Pelling (2016: 67). En
el mismo patrón encajan otras historias de ambientación bárbara, que Pelling (2016), siguiendo a Reinhardt (1940), analiza bajo el
nombre “Persian stories”.
[2] La
importancia del parentesco como agente moldeador de la identidad de Ciro se
hace patente en el hecho de que Jenofonte (X. Cyr. 1.3-6) lo retome desde otro ángulo, haciendo hincapié en la armonía
entre Ciro y los miembros de su familia, cf. Gray
(2015: 305).
[3] Seguimos
a Iglesias Zoido (2008: 231-258)
y a de Bakker (2007: 5-6), para quien un discurso es cualquier
declaración insertada en la narración y consistente tanto en un verbo que exprese
un acto discursivo como en el complemento de dicho verbo. Según de Bakker (2007: 49;
58-63), los actos discursivos son igualmente posibles cuando la comunicación
entre personajes no se produce cara a cara; así, la puesta por escrito y el
envío de cartas soslayan el impedimento de la separación física entre remitente
y destinatario, mientras los oráculos délficos constituyen discursos
“transportados” entre los mundos divino
y humano, con la Pitia como intermediaria.
[4] Cf. de Bakker (2007: 3; 26).
[5] Cf. Grethlein (2013: 202).
[6] Ambas
prolepsis se sitúan en el contexto de la ofensiva de Creso contra Ciro,
motivada por prevención (Hdt. 1.46.1) y por ansia de venganza (Hdt. 1.73.1),
porque él y Astiages son cuñados. Arienis, hermana de Creso, está casada con
Astiages (Hdt. 1.74.4). Aunque no sea identificada como tal en el texto, Boedeker (2011: 223) da por sentado que
ella es la madre de Mandane. Si se acepta esta hipótesis, Ciro sería a la vez
nieto de Astiages y sobrino nieto de Creso. Sea como fuere, a través de Arienis
existe un parentesco, consanguíneo o político, entre Creso y Ciro.
[7] Strong
(2010: 463).
[8] La presencia de sueños en la obra de Heródoto,
que enlaza con la tradición oriental y con Homero, ha sido estudiada en
profundidad. Como destaca Harris
(2009: 146), los sueños premonitorios que tienen múltiples personajes de las Historias, especialmente reyes bárbaros,
superan ampliamente la decena y se cumplen casi sin excepción. Los dos sueños
de Astiages anuncian el acceso a la realeza de Ciro, cf. Frisch (1968: 6-11). Bichler (1985: 130-135) y Pelling (1996: 70-74), apoyándose en Oppenheim (1956: 265-266), ofrecen un detallado
y convincente análisis del significado de ambos sueños.
[9] Astiages
intenta conjurar el peligro, como Creso cuando sueña con la muerte de su hijo
(Hdt. 1.34-45), cf. Corcella
(1984: 119).
[10] Contra lo que sostiene Pelling (1996: 74 n. 32), estar en la
línea de sucesión no convierte a Mandane en esposa o madre del heredero de
Astiages. Para Harpago, la posibilidad de que ella llegue a reinar es tan real
que teme malquistarse con ella. En consecuencia, ofrece un ejemplo medo de la “male awareness of the potential of elite
females to act” que Boedeker
(2011: 229) adscribe a los varones de la élite persa. Aunque no acceda a la
corona, Mandane es una reina reinante en potencia. Su potencial como reina y
vengadora aumenta si se repara en que el usurpador anunciado por el sueño puede
ser, en principio, hombre o mujer. Astiages desea matar a la criatura nacida de
su hija, sea varón o hembra, porque los magos le han puesto en guardia contra
la descendencia de su hija, sin precisar su sexo: τὸ
γεννώμενον […] ὁ
τῆς θυγατρὸς
αὐτοῦ γόνος (Hdt. 1.108.2). Cf. LSJ (1996: 357 s.v. γόνος “child”, “offspring”).
[11] Harpago
altera sin autorización la orden de Astiages y sustituye el asesinato por la
exposición. El abandono en el monte es una buena alternativa al infanticidio,
cf. Haussker (2017: 8 n. 34). En
efecto, exoneraría de culpa a Harpago, a Astiages e, incluso, al vaquero, ya
que los animales salvajes o las condiciones atmosféricas serían los
responsables directos del óbito.
[12] Immerwahr (1966: 164) apunta que el muchacho
es reconocido a partir de dos características heredadas de la rama materna: sus
rasgos faciales y su naturaleza real, representada por su libertad de palabra
ante un soberano. Sin embargo, dicha libertad también coloca al chico por
encima de Harpago. Este se autocensura porque, como indica Pelling (2006: 142-152), ser franco es
un ejercicio peligroso en una corte autocrática; Harpago se arredra ante
Astiages y Ciro, no. Asimismo, el hecho de que Astiages se vea reflejado en el
rostro del niño, en vez de encontrarlo parecido a otro miembro de su familia,
intensifica la cualidad amenazadora de su nieto: si habla sin temor, como un
igual, con el rey y tiene su mismo aspecto, fácilmente podría reinar en su
lugar.
[13] Según
Dorati (2013: 173),
Astiages recupera el control de sus emociones y oculta a los presentes sus
pensamientos con gran dificultad. Gracias a este esfuerzo, lo único que se
aprecia desde fuera es el rey enmudecido por las palabras de un esclavo de
corta edad. Para los lectores, que tienen acceso tanto al interior de la mente
de Astiages como a la escena exterior, esta circunstancia es una anomalía que acentúa
todavía más la dignidad real inherente al chico y refuerza la anagnórisis.
[14] Las
traducciones castellanas incluidas en el artículo son nuestras.
[15] Conforme
ha demostrado Wolters (2000: 145-175; 2009: 719-720), el significado más habitual de αὐθέντης en
la literatura griega clásica del siglo V a. C. es “parricida”. Pese a que como
instigador del crimen contra su nieto Astiages sería igualmente reo de
parricidio, Harpago se cuida de no acusarlo.
[16] Baragwanath (2015: 26).
[17] Astiages
elude, mediante el uso de la voz pasiva (πεποιημένῳ), el
espinoso asunto de la culpabilidad que ambos tienen en la tentativa de infanticidio,
en contraste con la abrupta pregunta que inicia el diálogo. En ella, Astiages
señalaba a Harpago como único infractor y restringía su propia participación en
la agresión a la entrega del recién nacido (cf. Hdt. 1.117.2). De hecho, al
delegar el infanticidio Astiages ejerce su autoridad real, confiando a otros el
cumplimiento de sus órdenes, pero también rehúye la responsabilidad de matar a
un allegado.
[18] Sobre
el banquete letal en Hdt. 1.73-119, cf. Wesselmann
(2011: 252-268).
[19] Naturalmente,
el parentesco de Astiages con Harpago es extensivo al hijo de este. Pelling (1996: 76) cataloga el
asesinato del hijo de Harpago por Astiages como un crimen perpetrado en el seno
de la familia.
[20] Greenberger (1987: 204).
[21] Según Campos Méndez (2002: 51-52), el nombre del pastor indica la
filiación mítica del recién nacido, que sería hijo adoptivo y favorito de
Mitra, con cuyo culto están relacionados los perros. El hecho de que Mitradates
apaciente precisamente vacadas apuntala su conexión con Mitra, puesto que el
toro está consagrado al dios, cf. Campos
Méndez (2002: 26-27). En cuanto a Cino, Pedrucci (2016: 311-312 n. 23) advierte que su nombre tiene
para los lectores griegos la connotación de prostituta y subraya que las
prostitutas no están sujetas a las leyes del matrimonio. Cino tampoco lo está
porque, al ser una esclava, no se puede casar legalmente.
[22] A
través de este término, que aparece solo dos veces en toda la obra, el narrador
tiende un hilo léxico que conecta entre sí a las dos madres de Ciro, cf. Hazewindus (2004: 139-140).
[23] Lateiner (1987: 95).
[24] Dewald (1981: 108).
[25] Gray (1995: 205).
[26] Hazewindus (2004: 144) se
fija en que Mitradates no reacciona con pena por la muerte de su hijo biológico.
Tampoco Cino se lamenta explícitamente por él, si bien las lágrimas que derrama
al ver al niño que debe ser expuesto pueden ser también por su hijo fallecido.
[27] El
verbo en primera persona del plural denota una actividad realizada a medias por
la hablante y su pareja, cf. Hazewindus
(2004: 143).
[28] La
coincidencia entre ὁ
Κῦρος (“Ciro”) y τὸ κῦρος
(“la autoridad soberana”) revela un nomen
omen, cf. Harrison (2000:
262). Heródoto preserva el nombre de príncipe en detrimento del que tiene como
esclavo para enfatizar el alto destino que le aguarda.
[29] Cf. Müller
(2009: 211).
[30] Cf. Greenberger
(1987: 158).
[31] Greenberger (1987: 158-159).
[32] El
verbo en primera persona del plural denota que el hablante y su hijo sufren la
injuria. En cambio, de acuerdo con el alegato de Ciro no hay agravio, sino
justicia: como rey del juego, él castiga legítimamente al desobediente hijo de
Artembares (Hdt. 1.115.2-3). Según Zournatzi
(2013: 241-242), el derecho a gobernar de Ciro se asienta sobre su fuerte
sentido de la justicia, que lo asemeja a Deyoces, antepasado suyo y primer rey
de los medos (Hdt. 1.96-101).
[33] Greenberger (1987: 159).
[34] De que
Astiages se desentienda de Mitradates una vez que este cuenta la verdad (Hdt.
1.117.1) se infiere que es perdonado. En cualquier caso, ni él ni Cino vuelven
a participar activamente en la narración.
[35] Astiages
no ambiciona conquistas, sino mantener su soberanía intacta, cf. Fitzsimons
(2017: 52).
[36] Cf. Binder
(1964: 69), Immerwahr (1966: 165)
y Gray (1995: 187).
[37] Beckman
(2018: 1-2).
[38] Beckman
(2018: 2)
[39] El motivo folclórico de futuros líderes
políticos abandonados de recién nacidos está extendido en diversas culturas,
desde la mesopotámica a la hebrea, pasando por la greco-romana. Así, esta
versión del nacimiento de Ciro sigue el patrón de la leyenda de Sargón de
Acadia, cf. Waters (2004: 65), pero también se asemeja al nacimiento
de Moisés (Ex. 2:1-10). Según Pedrucci (2016: 308-309; 320), los
bebés como Rómulo y Remo, Télefo o Ciro, expuestos, milagrosamente salvados y
amamantados por hembras animales, podrían conquistar la gloria.
[40] Greenberger (1987: 157-158).
[41] Cuando
los ecos de la biografía temprana de Ciro aún perduran, Heródoto informa de que
los persas condenan socialmente la ilegitimidad. Alardean de que no hay
parricidios entre ellos, porque tales crímenes nunca resultan cometidos por
hijos biológicos, sino por hijos postizos o adulterinos (Hdt. 1.137.2). Sobre
los términos, cf. Powell (1938:
228 s.v. μοιχίδια “children of adultery”; 368 s.v. ὑποβολιμαῖα “suppositious children”). La ilegitimidad
también podría minar la reputación de Ciro entre los lectores griegos de
Heródoto. Cf. Haussker (2017:
7-12).
[42] Schrader (1977: 192-193 n. 302).
[43] Harpago
no sobresale entre los nobles medos tanto como Ciro, situado claramente por
encima de ellos en virtud de su consanguinidad con Astiages. Como dice Graf (1984: 27), esta prosapia le
permitiría concitar muchos apoyos entre la aristocracia, facilitando una transición
suave para todos los estratos de la población meda: altos, medios y bajos.
[44] Avery (1972: 536 n. 15) llama la
atención sobre la posición extraordinaria en la que Harpago pone a Ciro, dándole
la oportunidad de vengarse de su propio asesino. Vemos que Harpago evita αὐθέντης (“parricida”),
que usó en Hdt. 1.117.3, y opta
por el término neutro para “asesino”, cf. Powell
(1938: 375 s.v. φονεύς “murderer,
slayer”). Al asimilar el conato de infanticidio con un asesinato ordinario y no
con un parricidio, elimina el componente familiar de su discurso explícito,
haciendo su exhortación a la venganza menos problemática.
[45] Harpago
reduce a Mitradates a la condición de comparsa suyo (Hdt. 1.124.2) y no tiene
por qué juzgar digna de mención a la esclava Cino, compañera del boyero cuya
contribución a la salvación de Ciro ha despreciado. Tampoco le interesa
resaltar a Mandane, que es el nexo básico entre Ciro y Astiages. Por
consiguiente, de los cuatro padres de Ciro solo queda Cambises.
[46] Munson (2009: 458-459). Pese a que la
idea de Ciro como descendiente de Aquemenes se suele atribuir a la política de
Darío I, que entroncó su propia estirpe aqueménida con la de su predecesor, no
se puede desechar la existencia de conexiones familiares entre ambos reyes, cf.
Waters
(2004: 91-92; 95-97).
[47] Asheri (1988: 339) comenta que la hoz
funciona como un arma en sus otras apariciones en la obra y que, en este caso,
podría ser un objeto sagrado en los ritos de iniciación persas. Asimismo, a la
luz de la incitación a la sedición que Ciro pronuncia contra su abuelo en el
capítulo siguiente (Hdt. 1.126.5-6), la hoz podría traer a la memoria de los
lectores griegos de las Historias la
deposición de Urano, castrado por su hijo Crono con la misma herramienta: μέγα
δρέπανον (Hes. Th. 162).
[48] En contraste con la comida caníbal ofrecida por
Astiages, Ciro agasaja debidamente a los persas, sin fomentar la
antropofagia.
[49] Como
indica Gazzano
(2017: 67), la parénesis de Ciro carece de parangón en las Historias, donde ningún rey persa anima a los suyos antes de un
enfrentamiento.
[50] Tomamos
de Soares (2001: 76) el concepto “transgressores de
um código sócio-cultural xenófobo”.
[51] El
narrador insiste en la sumisión de los medos a los persas, pero desde el punto
de vista opuesto, responsabilizando a Astiages por su crueldad (Hdt. 1.130.1).
No obstante, la subordinación de los medos es relativa porque siguen ocupando
posiciones destacadas durante el reinado de Ciro. Por ejemplo, Caria y Jonia
son sometidas en su nombre por dos generales medos, Mazares y el mismo Harpago (Hdt.
1.156-177). Además, las tradiciones reales y la organización política medas
también se mantienen en vigor, cf. Graf
(1984: 17; 29).
[52] A
pesar de que él no asesora al nuevo soberano, es posible trazar un paralelo
entre Astiages y Creso, que permanecerá como consejero en la corte persa tras
perder su reino (Hdt. 1.88-89; 1.207; 3.34-36). No parece que ninguno de los
dos exreyes conserve la vida por un trato de favor basado en su parentesco con
Ciro. Más bien, el respeto resulta de una deferencia hacia los cautivos de
sangre real que, según Asheri
(1988: 340 ss.), es frecuente en los reinos orientales y vuelve a darse en las Historias (Hdt. 3.15).