http://dx.doi.org/10.17398/1886-9440.11.83
Crónica
Gonzalo Pontón
(Universitat Autònoma de
Barcelona)
La
recuperación de una importante obra historiográfica de Alfonso de Palencia: La antigüedad de España
The recovery
of an important historiographical work by Alfonso de Palencia: La
antigüedad de España
A propósito de Alfonso de Palencia, Segunda deca de
la antigüedad de España e de las fazañas de la gente
española (libros XI-XX), edición crítica y estudio de Francisco Javier
Durán Barceló, Madrid, 2016 (3ª edición corregida y ampliada), cxvi + 364 pp.
Abstract: The purpose of this review is to
report on the recovery of a significant historiographical work of the Spanish
humanist Alfonso de Palencia (XVth Century), to give
an appraisal of it, and to evaluate the recent edition of the work made by its
discoverer, Javier Durán-Barceló.
Key
Words: Alfonso de
Palencia, Humanistic historiography, Historiographic method, Textual criticism.
Resumen: El objetivo de la presente reseña es dar noticia de
la recuperación de una importante obra historiográfica del humanista castellano
Alfonso de Palencia (siglo XV), con una valoración de la obra, y realizar un
análisis crítico de la edición que ha llevado a cabo Javier Durán Barceló.
Palabras Clave: Alfonso de Palencia, Historiografía humanística,
Método historiográfico, Crítica textual.
Fecha de Encargo: 2 de septiembre de 2016.
Fecha de Recepción: 28 de
septiembre de 2016.
A día de hoy pocas dudas quedan, si es
que alguna, de que Alfonso de Palencia fue la figura más relevante del
humanismo castellano no académico -Nebrija es otra historia- de la segunda
mitad del Cuatrocientos. Formado en Florencia y Roma (1441-1453) en el entorno
de Georgius Trapezuntius,
buen conocedor de las novedades de los humanistas italianos de su tiempo,
cultivador de un latín de alto nivel, cronista oficial de Enrique IV, autor de
tratados políticos, de elegantes -y también jocosas- epístolas latinas,
lexicógrafo, traductor de Plutarco y Josefo, poseedor de una nítida caligrafía
humanística, intermediario y diplomático, hombre irreductible en sus posiciones
políticas, Palencia no dista demasiado de muchas figuras italianas de su
tiempo, tanto por formación como por intereses y por su desempeño en esferas
cívicas y curiales, y sin duda se halla varios pasos por delante de la mayoría
de sus coetáneos castellanos, de Diego de Valera a Juan de Lucena o Fernando de
Pulgar. Su figura ha suscitado constante interés en los últimos decenios
(véanse los estudios y ediciones de Robert Brian Tate,
Jeremy Lawrance, Rafael Alemany,
Javier Durán Barceló, Madeleine Pardo y Susanna Allés, entre otros) y se han podido perfilar con notable
precisión tanto su trayectoria como sus horizontes intelectuales.
Resulta,
pues, una excelente noticia la publicación -casi podríamos hablar de
descubrimiento, según se verá- de una obra inédita suya, nada menos que la
parte superviviente del que fuera su más ambicioso proyecto historiográfico en
castellano: la Antigüedad de España e de
las fazañas de la gente española, en tres
décadas, amplísima panorámica histórica de España desde sus orígenes míticos
hasta los tiempos presentes. Aunque Palencia se refiere a ella en el prólogo a
sus Gesta Hispaniensia
(1475-1477), nada o muy poco se sabía al respecto y no parece haber sido leída
por sus contemporáneos ni las generaciones sucesivas: aparte de dos menciones
sueltas en la Historia de las Islas
canarias de Gonzalo Argote de Molina-Juan de Abreu Galindo, su posteridad es el
silencio más absoluto, hasta que Antonio Paz y Melia
registró en 1922 la existencia de un manuscrito que contenía parte de la obra
en el archivo de la casa de Medinaceli. El hallazgo del patriarca de los
estudios palentinos no generó consecuencias inmediatas (Paz y Melia falleció en 1927) y ha habido que esperar casi un
siglo hasta que Javier Durán, el mayor experto actual en Palencia, ha vuelto a
dar con el manuscrito y lo ha estudiado y publicado en cuidadosa edición
crítica, muy rica en información y en conclusiones. El códice en cuestión, que
ha resultado ser autógrafo (los argumentos al respecto, de orden paleográfico y
también textual, resultan sólidos y se exponen en las pp. xcvi-xcviii), se
encuentra actualmente en la Fundación Bartolomé March
de Palma de Mallorca, en compañía de una copia temprana de la obra que también
se da a conocer y se estudia en la presente edición.
Durán ha
reconstruido con empeño casi policíaco la historia del autógrafo. Su primer
propietario conocido fue Fadrique Enríquez de Ribera, marqués de Tarifa y gran
señor de Sevilla a principios del siglo XVI, sin que sea posible determinar
cuál pudo ser la historia precedente del manuscrito (¿estuvo en manos de
Palencia hasta su muerte y pasó luego a la biblioteca particular del Adelantado
Mayor de Andalucía?). A la defunción del marqués, en 1539, el manuscrito fue a
parar a la cartuja sevillana de Santa María de las Cuevas, donde aún estaba en
1630. Luego llegó a Juan Lucas Cortés (fue entonces cuando lo vio Nicolás
Antonio, que da sucinta noticia de él) y a principios del siglo XVIII lo tenía
el embajador holandés Friedrik Hansen von Ehrencron. Su siguiente propietario conocido es el pastor
holandés Jacob Krys, que lo poseyó hasta 1727, cuando
el manuscrito reaparece en un catálogo de subastas. A partir de ese momento se
pierde su pista, hasta que Paz y Melia lo localiza en
la biblioteca de Medinaceli, de donde lo adquirió, a principios de los años
sesenta, Bartolomé March, en compañía de la copia
(parece que esta habría estado desde principios del siglo XVI en la biblioteca
del marqués de Priego, y de ahí, en un momento indeterminado, habría pasado a
la de los duques de Medinaceli, donde se habría reunido con su modelo). El
editor no olvida mencionar en un lugar visible de su estudio que, de forma
independiente a él y en el mismo año (2011), también Francisco Bautista dio con
el paradero del manuscrito descrito por Paz y Melia. Noblesse oblige.
Javier
Durán presenta su trabajo en una edición no venal -sin pie editorial
convencional, pero con airoso colofón matritense- que ha conocido varias realizaciones
en un breve período de tiempo: una primera salida en septiembre de 2014,
precedida de un amplio estudio biográfico y bibliográfico sobre Palencia y
corregida casi de inmediato, a finales de ese mismo año, por una segunda
edición (de la que al parecer hay, a su vez, tres emisiones), y finalmente esta
tercera que aquí reseñamos, de junio de 2016, que se ofrece como “revisada y
ampliada” y en la que se acrece el aparato de variantes y se subsanan errores
detectados en el texto crítico. En contrapartida, no se ofrece ahora el estudio
que sí estaba presente en la primera edición, sino que se reserva de momento “con
objeto de revisarlo y publicarlo por separado” (p. ii). Cabe entender, pues,
que en esta tercera edición Durán ha definido ya de forma satisfactoria el
material que quiere aportar. La supresión del estudio general no implica que el
texto de la Segunda deca
se presente ahora sin apoyo: va precedido de un prólogo extenso que se
ocupa de los aspectos bibliográficos y textuales, así como de las fuentes
empleadas y de consideraciones historiográficas, lo que permite contextualizar
esta “nueva” obra de Palencia en el conjunto de su producción y en el paisaje
intelectual de la época.
La Antigüedad de España se dibuja como “un novedoso proyecto humanista de compendiar, por
vez primera en el Renacimiento, una historia de España vinculada al contexto
más amplio de la historia romana y cristiana, narrada desde la antigüedad hasta llegar al
reinado de los Reyes Católicos” (p. ix). El autógrafo que ahora se edita
no es, desgraciadamente, la obra completa: del proyecto original palentino,
posiblemente nunca concluido, se ha recuperado la segunda década, que abarca
los tiempos que van desde el emperador Tiberio a la invasión árabe de la
Península Ibérica, “cuando la ferocidad de los godos dio entera cabida con su
mortandad e perdición a los vencedores que siguían la
secta de Mahomad” (p. 1), por decirlo con las
palabras del propio autor. Durán, con admirable optimismo, no considera perdida
la primera década, sino que prefiere decir que “todavía no se ha localizado”
(p. xiii). Habrá que concederle el crédito que pide: si esa década ha
sobrevivido al tiempo, muy probablemente sea él quien acabe encontrándola.
A partir
de datos indirectos, noticias sobre la vida de Palencia y las fuentes de la
obra, Durán propone una reconstrucción del proceso de redacción de la Antigüedad de España, que habría sido
intermitente y no habría llegado a su conclusión. La obra se habría empezado a redactar a principios del decenio de 1460, al
arrimo del poder y en ejercicio, por parte de Palencia, del cargo de cronista
de Enrique IV. La escritura se habría interrumpido hacia 1465, cuando decidió
declararse en rebelión contra su monarca y tomar partido por el príncipe
Alfonso. Una nueva fase de redacción habría tenido lugar al principio del
gobierno de los Reyes Católicos, a mediados del decenio de 1470, aunque podría
haberse prolongado más allá. Una referencia contenida en el Universal vocabulario (terminado en
1488, aunque se publicara dos años después) induce a pensar que para esa fecha
la segunda década aún no estaba acabada. En ese mismo lugar queda claro que la
tercera década no estaba escrita; es muy probable que nunca se escribiera,
puesto que Palencia consagró los pocos años que le quedaban de vida a sus
proyectos de traducción de las Vidas
de Plutarco y las Guerras de Josefo.
El no haberla acabado es la explicación más plausible de que la obra apenas
fuese copiada y de que no se la mencione prácticamente nunca (así como de la
supervivencia del autógrafo).
El valor
intelectual de la obra y su aportación a la historiografía de la época se
aprecia a la luz de las fuentes empleadas. En un pormenorizado estudio de
estas, desglosadas capítulo a capítulo, Durán pone de manifiesto que Palencia
bebe abundantemente en la primera de las tres décadas Historiarum ab inclinatione Romanorum
imperii de Flavio Biondo
(h. 1445), que el palentino traería manuscrita de alguno de sus viajes a Italia
(la editio princeps, publicada en 1483-1484, es
demasiado tardía para las posibles fechas de la Antigüedad de España, como se apunta en la p. xxiv). Biondo, adicionado con las Historiae adversus paganos del hispano Orosio (empleado
también como fuente por el humanista de Forlì), aporta a Palencia un caudal de
materiales veraces y la posibilidad de referir la historia de los visigodos en
España en conexión con las vicisitudes del imperio romano de Oriente, adoptando
una óptica poco local, muy distinta por consiguiente de la que brindaban los
cronicones altomedievales. Ese sustrato se salpica con datos puntuales tomados
de Suetonio y de los autores de la Historia augusta, así como del De
vitae Christi ac omnium Pontificum de
Bartolomeo Sacchi, il Platina. Como el propio Palencia señala, si para hablar de las cosas tocantes a los tiempos
del imperio romano “posimos en nuestras narraciones
las mesmas palabras de los que con mayor elegancia
todas estas cosas escribieron”, cuando se adentra en asuntos hispánicos de
tiempos de los godos sigue “los comentarios que en sí contiene las cosas de
España” (XIII.1, p. 55), es decir, el De rebus Hispaniae de
Jiménez de Rada, en compañía de fuentes romances: la Estoria de España alfonsí y la Estoria del fecho de
los godos que de ella deriva, sin que el editor alcance a precisar siempre
-resulta punto menos que imposible- a qué echa mano nuestro autor en cada
ocasión.
La
universalidad que Palencia imprime al relato no está reñida con un sesgo neta y
lógicamente favorable a lo hispano, que se sustancia en la idea de la translatio imperii de
los romanos a los reyes godos (p. xxvi). Nuestro historiador tiende a anudar los destinos de ambas naciones y
destaca siempre que le resulta posible “la muy provechosa gloria que sucedió al
dicho imperio romano de la virtud de los de España” (XI.1, p. 6). Así,
considera a los emperadores de estirpe hispana, de Trajano a Teodosio, como los
pocos dignos, los que en mayor medida sostuvieron y aun acrecentaron el imperio,
y cuya desaparición condenó a Roma a la decadencia y destrucción postreras. En
esa vehemente defensa de lo hispánico llega a poner sordina, por ejemplo, a la
persecución de los cristianos por parte de Trajano, y se hace eco de la leyenda
transmitida por la historiografía alfonsí de que el emperador nacido en Itálica
habría salvado su alma por intercesión del papa Gregorio I. En general -ese
sería otro rasgo plenamente humanístico-, Palencia manifiesta el orgullo de que
España haya heredado de Roma su lengua, sus instituciones y el arte de la
milicia.
No
menos interés tienen los pasajes o expresiones -por desgracia,
contados- que guardan relación con la escritura de la historia. En ellos se
aprecia una reivindicación del carácter riguroso del oficio de historiador y la
desconfianza ante los materiales informativos cuya autenticidad y autoridad no
estén probadas. Así, Palencia evita el uso de los términos “crónica” o “cronista”,
prefiriendo “historia” e “histórico” ('historiador'), que en su pluma adquieren
un remoto sabor helénico con el que reivindicar la dignidad de su actividad. De
forma parecida, cuando se refiere a los cronicones medievales prefiere utilizar
el latinismo “comentario” ('compendio', según lo define él mismo en su Universal vocabulario), con el que
denota el esquema mental que adopta ante las fuentes documentales. En el
sucinto prólogo a la década conservada (la recuperación de la primera nos
depararía, con toda probabilidad, un prefacio de alto interés sobre la
escritura de la historia) aclara que “con diligencia será menospreciada mezcla de fablas,
por que la verdad de lo recontado atraiga a la lección a todos aquellos que
saben que tales devan ser las leyes de la historia”
(p. 1). Aquí, fabla tiene la
resonancia de 'relato popular', 'cuento', dando a entender que no mezclará
relatos distintos ni, sobre todo, certidumbre con opinión, como queda patente,
por ejemplo, al comentar la disputa sobre el lugar de nacimiento de Trajano: “dio
ocasión que entre los españoles resultassen fablas vulgares
fingiendo qu'el senado romano le fiziesse
buscar [...] Pero los historiadores dignos de autoridad parecen conformarse en
este verdadero testimonio” (XI.2, p. 8). El contraste entre una y otra posición
-y el partido que toma Palencia- no puede resultar más elocuente. El
historiador delimita el territorio en que opera, el propio de una investigación
fidedigna en torno a una materia determinada y no fácilmente accesible, que
presenta como “escondida en lo oscuro” o como cosas “descaídas
[que] no se podían conocer”. No es de extrañar, pues, que manifieste su
incomodidad ante lo imperfecto e infidente de los datos disponibles acerca de
algunos reyes godos: “fállase
tan corta e tan comprimida la memoria de aquellos tiempos entre nuestros
historiadores, que apenas se puede sacar de aquellas tiniebras
de sus comentarios cosa que paresca ilustre: tanta es
la falta o mengua de saber de los que tovieron cargo
de recontar las fazañas” (XVI.1, p. 136).
En el caso de la historia de Rodrigo y la caída de
España le molesta particularmente que los “escriptores”
del pasado hayan dejado “confondida la historia con fablillas” (XIX.6, p. 226), y califica de “historiadores
medio soñolientos” (XX.5, p. 240) a los menos malos o menos mentirosos de entre
los medievales. La Antigüedad de España,
en suma, es “obra muy difícile, por ser costriñido a entresacar de las historias de gentes estranjeras tan muchas e tan memorables fazañas”
(p. 1).
Si importante es la labor de Durán con las fuentes
de la obra y la interpretación de estas en el contexto historiográfico de su
tiempo, aun más relevante resulta el estudio textual
(pp. xciv-cv), que incluye un análisis completo de los dos manuscritos, donde
saca excelente partido a su inmenso y a la vez preciso conocimiento
bibliográfico. Ahí se encuentran las pesquisas resumidas más arriba sobre el
origen y paradero de los testimonios y se ofrecen una cuidada descripción de
los códices y unos detallados criterios de edición (pp. cv-cxii), que
siguen el muy razonable modelo de presentación gráfica propugnado por Pedro
Sánchez-Prieto Borja. Durán añade además una lista de vocablos extraños o sin
identificar y un estudio de los criterios de puntuación empleados en el
manuscrito, extremo de especial interés por tratarse de un autógrafo. Al final
del volumen, después de la edición de la obra, se incluyen unas exhaustivas
notas textuales (pp. 252-350), resultado de consignar todas las
particularidades detectadas en el análisis y colación de los dos manuscritos.
Con muy buen criterio reparte esa información en varios aparatos, cosa que
facilita la evaluación de los distintos datos, que se corresponden a ámbitos
textuales diferentes: adiciones marginales (en algunos casos son las lecturas
de la copia las que permiten reconstruir los marginalia, pues estos resultaron
guillotinados en el proceso de encuadernación del volumen autógrafo);
arrepentimientos y tachaduras del autógrafo (de gran valor, porque muestran a
Palencia en pleno acto de escritura, revisando y puliendo su texto); enmiendas
de editor, limitadas, rigurosas y certeras; variantes de la copia con respecto
al autógrafo. Para facilitar su intelección, cada sección va precedida de un
resumen de los datos principales. El único, mínimo reproche que puede hacérsele
a este caudal informativo es que localizar esos lugares en el texto crítico no
resulta todo lo sencillo que sería de desear, ya que solo se indica el folio
del manuscrito, no la página y la línea de la edición.
Una
hipótesis que Durán deriva de su estudio material del autógrafo es que los “arrepentimientos, cancelaciones y
correcciones” (p. xxiv) presentes en él se deben a que Palencia vertió al
castellano una redacción previa, propia, en latín, que al traducir pulió in itinere.
Los indicios aportados son dignos de consideración, pero a mi juicio no
resultan concluyentes, por más que sea evidente que, a la hora de construir una
obra dependiente de una serie de fuentes principales adicionadas con otras
secundarias, Palencia tuvo que traducir un porcentaje muy elevado del texto del
latín al castellano. No podemos estar seguros de cómo procedió materialmente y
no parece inevitable postular la confección de una Antiquitatem Hispanae gentis
cabal -un texto latino completo- como simple material de trabajo para luego
proceder a su traducción. ¿Cómo habría hecho en tal caso con los textos
castellanos originales, los derivados de la tradición alfonsí? Con todo, lo
minucioso de algunas correcciones autógrafas, en pos del sustantivo adecuado, a
veces para realzar un latinismo, a veces para atenuarlo, demuestran la
preocupación de Palencia por la precisión expresiva. Es de agradecer, así, que
se hayan consignado todos esos aspectos en el correspondiente aparato.
Ante un
trabajo de semejante magnitud sería ridículo o cicatero poner el acento en
pequeños deslices o errores puntuales. No dejaré, sin embargo, de consignar
unos pocos, dado que son fácilmente subsanables. No parece que las formas edito ('edicto') o costante sean errores, tal como
se las califica (p. 285), sino que más bien se trata de soluciones gráficas
perfectamente atestiguadas que no requieren corrección. En cambio, sí que
parece un error la forma afuyzava,
que habría que enmendar en afiuzava, como el propio editor intuye, aunque no llega a
hacerlo (p. cviii); valga como argumento adicional en este sentido el hecho de
que la copia manuscrita del autógrafo no entiende la forma e intenta corregirla
(en afuziava).
En la acentuación del texto crítico, por lo general correcta (como lo es la
puntuación), hay algunos casos que suscitan dudas: así, “Cathaláunos”
(pp. 40 y 50), que no requiere tilde (se pretenda marcar o no el hiato en la
penúltima sílaba), o la extraña distinción entre “pero” y “peró”
(passim),
cuyas diferencias no se alcanzan a apreciar a la luz del texto. Humano, con
hache, es el error de escribir hurna (p. lvi).
Más allá
de estas minucias, lo que también debe señalarse es que algunas veces la
enormidad del trabajo realizado y la riqueza de los materiales allegados
provocan cierto desorden en el discurso, no siempre exento de divagaciones.
Así, se intenta reconstruir en detalle ciertos rasgos de la Primera deca
de la Antigüedad de España,
particularmente de sus fuentes (pp. xxi-xxii), extremo en todo punto hipotético
y que quizá no era imprescindible referir. O se incluye una sección -por lo
demás correcta- sobre la tradición goticista en la
historiografía hispánica del siglo XV (pp. lxxxvii-xciv), con atención
específica a la Anacephaleosis
de Alonso de Cartagena y al Paralipomenon Hispaniae de Joan Margarit, pero sin que se establezcan conexiones directas
entre estas obras ni se profundice en la cuestión del goticismo
en la Segunda deca
palentina. A ello se añade una coda interesante, pero ajena al argumento
central, sobre la labor editorial de Sancho de Nebrija en Granada a mediados del
siglo XVI. En cualquier caso, son relieves de erudición que aportan a los
investigadores no pocas pistas sobre las tradiciones humanísticas de escritura
de la historia a lo largo de todo un siglo.
Celebremos,
en fin, un hallazgo y una edición tan sobresalientes, y confiemos en que el
saber, el tesón y una pizca de suerte permitan a Javier Durán coronar su tarea
con el descubrimiento de la primera década de la obra. Dimidium facti qui coepit habet.
Gonzalo Pontón
Universitat Autònoma de
Barcelona